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Sobre esta actividad
El misterio del árbol antiguo
En la pequeña comunidad de San Miguel del Río, rodeada de montañas y caminos de tierra, había un enorme árbol en medio de la plaza. Era un árbol muy viejo, tan viejo que nadie recordaba cuándo había sido plantado. Su tronco era grueso y rugoso, y sus ramas se extendían como si quisieran abrazar todo el pueblo.
Los habitantes del lugar decían que aquel árbol había visto pasar muchas generaciones. Bajo su sombra, los abuelos contaban historias, los niños jugaban después de la escuela y los comerciantes descansaban durante los días de mercado.
Un día, Mateo, un niño muy curioso de diez años, decidió investigar más sobre el árbol. Había escuchado a su abuelo decir que ese árbol guardaba un secreto. Aunque Mateo no sabía si aquello era verdad, su curiosidad era tan grande que decidió descubrirlo.
Después de la escuela, Mateo fue a la plaza con una libreta y un lápiz. Se sentó frente al árbol y comenzó a observarlo con atención. Notó que en el tronco había marcas muy antiguas, como si alguien hubiera grabado símbolos hace muchos años.
Mientras observaba, llegó Doña Carmen, la mujer más anciana del pueblo. Mateo la saludó con respeto y le preguntó si sabía algo sobre el árbol.
Doña Carmen sonrió y se sentó a su lado.
—Dicen que este árbol fue plantado hace más de cien años —le contó—. En aquel tiempo, el pueblo pasaba por momentos difíciles porque una gran sequía había afectado las cosechas.
Mateo escuchaba con mucha atención.
—Un día —continuó Doña Carmen—, un viajero llegó al pueblo y les dijo a los habitantes que plantaran un árbol en el centro de la plaza como símbolo de esperanza. Les explicó que, si lo cuidaban juntos, el árbol crecería fuerte y recordaría a todos la importancia de la unión.
Los habitantes siguieron su consejo. Cada familia ayudó a cuidar el árbol: algunos llevaban agua, otros limpiaban la tierra alrededor y otros lo protegían de los animales.
Con el paso del tiempo, la sequía terminó y las cosechas mejoraron. El árbol creció alto y fuerte, convirtiéndose en un símbolo del pueblo.
Mateo miró el árbol con nuevos ojos. Ya no lo veía solo como una planta vieja, sino como un recuerdo vivo de la historia de su comunidad.
Antes de irse, el niño escribió en su libreta: “A veces, las cosas más simples guardan las historias más importantes.”
Desde ese día, Mateo comenzó a contarles a otros niños la historia del árbol, para que nunca olvidaran que, cuando las personas trabajan juntas, pueden superar cualquier dificultad.
En la pequeña comunidad de San Miguel del Río, rodeada de montañas y caminos de tierra, había un enorme árbol en medio de la plaza. Era un árbol muy viejo, tan viejo que nadie recordaba cuándo había sido plantado. Su tronco era grueso y rugoso, y sus ramas se extendían como si quisieran abrazar todo el pueblo.
Los habitantes del lugar decían que aquel árbol había visto pasar muchas generaciones. Bajo su sombra, los abuelos contaban historias, los niños jugaban después de la escuela y los comerciantes descansaban durante los días de mercado.
Un día, Mateo, un niño muy curioso de diez años, decidió investigar más sobre el árbol. Había escuchado a su abuelo decir que ese árbol guardaba un secreto. Aunque Mateo no sabía si aquello era verdad, su curiosidad era tan grande que decidió descubrirlo.
Después de la escuela, Mateo fue a la plaza con una libreta y un lápiz. Se sentó frente al árbol y comenzó a observarlo con atención. Notó que en el tronco había marcas muy antiguas, como si alguien hubiera grabado símbolos hace muchos años.
Mientras observaba, llegó Doña Carmen, la mujer más anciana del pueblo. Mateo la saludó con respeto y le preguntó si sabía algo sobre el árbol.
Doña Carmen sonrió y se sentó a su lado.
—Dicen que este árbol fue plantado hace más de cien años —le contó—. En aquel tiempo, el pueblo pasaba por momentos difíciles porque una gran sequía había afectado las cosechas.
Mateo escuchaba con mucha atención.
—Un día —continuó Doña Carmen—, un viajero llegó al pueblo y les dijo a los habitantes que plantaran un árbol en el centro de la plaza como símbolo de esperanza. Les explicó que, si lo cuidaban juntos, el árbol crecería fuerte y recordaría a todos la importancia de la unión.
Los habitantes siguieron su consejo. Cada familia ayudó a cuidar el árbol: algunos llevaban agua, otros limpiaban la tierra alrededor y otros lo protegían de los animales.
Con el paso del tiempo, la sequía terminó y las cosechas mejoraron. El árbol creció alto y fuerte, convirtiéndose en un símbolo del pueblo.
Mateo miró el árbol con nuevos ojos. Ya no lo veía solo como una planta vieja, sino como un recuerdo vivo de la historia de su comunidad.
Antes de irse, el niño escribió en su libreta: “A veces, las cosas más simples guardan las historias más importantes.”
Desde ese día, Mateo comenzó a contarles a otros niños la historia del árbol, para que nunca olvidaran que, cuando las personas trabajan juntas, pueden superar cualquier dificultad.
Creada por
Karla Solís
México
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