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El viaje de Odiseo

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El viaje de Odiseo

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El viaje de Odiseo
 

El viaje de OdiseoVersión en línea

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por Fernanda Sangoluisa
1 Troya 2 Cícones 3 Lotófagos 4 Polifemo, el cíclope 5 Eolo, el señor de los vientos 6 Circe, la hechicera 7 Sirenas 8 Escila y Caribdis 9 Helios, El Dios del Sol 10 Calipso, la ninfa 11 Nausícaa, la princesa 12 Odiseo en Ítaca

Explicación

La Guerra de Troya había terminado. Después de diez años de luchas y penurias, los guerreros aqueos regresaban a sus ciudades y sus islas, triunfadores. O, al menos, sobrevivientes. Odiseo y su flota partieron rumbo a su querida isla de Ítaca. El plan era acompañar a los barcos de Agamenón una parte del camino. Pero ese era el plan de los hombres. Los dioses no lo habían dispuesto así. Una tempestad separó las dos flotas.

Empujados por el viento, Odiseo y sus hombres llegaron a la costa de Tracia, donde no fueron bien recibidos. En terrible lucha contra sus habitantes, los cicones, tomaron y saquearon la ciudad de Ísmaro. Odiseo solo le perdonó la vida a un sacerdote de Apolo que, en agradecimiento, le regaló muchos odres de vino dulce tan fuerte, que para beberlo había que diluir una copa en veinte copas de agua.

La siguiente escala fue en la isla de Sicilia. Odiseo y sus hombres se adentraron en tierra para buscar provisiones. Habían matado varias cabras cuando encontraron una enorme caverna que parecía habitada. Allí había queso, cuajada y otras delicias. Mientras las probaban, encantados, llegó el dueño de la cueva, un pastor con su rebaño. Pero los héroes aqueos jamás habían visto un pastor como ese: era un cíclope, un gigante enorme, con un solo ojo en medio de la frente. Antes de que nadie hubiera atinado a escapar, el cíclope cerró la puerta de la cueva con una roca tan inmensa que ni siquiera veintidós carros de cuatro ruedas hubieran logrado moverla.

iempre a merced de vientos contrarios, los barcos griegos llegaron luego a una isla desconocida. Odiseo envió tres hombres a informarse sobre sus habitantes. Pero los hombres no volvieron. Un contingente armado fue a buscarlos y los encontró sanos y salvos, comiendo un delicioso fruto del país, en alegre compañía con sus habitantes, los lotófagos. Quien probaba los lotos perdía la memoria y, por lo tanto, la humanidad. Los tres exploradores de Odiseo ya no recordaban ni los horrores de la guerra ni las alegrías de su patria, ni siquiera sus propios nombres.

Los aqueos fueron más afortunados en la siguiente escala. Eolo, el Señor de los Vientos, los recibió generosamente en su palacio. Cuando decidieron seguir viaje, Eolo le entregó a Odiseo una bolsa de cuero. —Cuida mucho esta bolsa —le dijo—. Aquí están encerrados todos los vientos del mundo. No los dejes salir. Solo he dejado libre una suave brisa que los llevará directamente a Ítaca.

Azotado por un vendaval, el barco tocó tierra en una isla poblada de extraños animales: lobos y leones parecían saludar a los hombres y se acercaban a lamerlos con afecto. Un grupo de valientes salió en busca de agua dulce y provisiones. Era la isla de Circe, diosa y hechicera. Con tanta gentileza invitó a los exploradores a su palacio, que esos hombres precavidos por la desdicha (pero hambrientos) aceptaron compartir el banquete. Solo uno se negó a entrar y, al ver que los demás no volvían, corrió a informar a Odiseo la horrible noticia: Circe los había convertido en cerdos.

El héroe ordenó a todos sus hombres taparse los oídos con cera. Pero como tenía muchísima curiosidad por conocer el famoso canto de las sirenas, se hizo atar al mástil para escucharlas sin riesgo. —Si trato de soltarme, átenme con más fuerza —ordenó. Y cuando, enloquecido por la canción mágica, Odiseo trató de desatarse para arrojarse al mar, sus marineros, que no lo oían, cumplieron lo pactado.

Pero un poco más adelante los esperaban las Rocas Errantes. Y cuando consiguieron atravesarlas, se encontraron con el estrecho entre Escila, con sus seis perros gigantescos, y Caribdis, el horrendo ser que bebía tres veces por día el agua del mar para después expulsarla en forma de remolino.

Los sobrevivientes atracaron en la tierra de Helios, el dios Sol, donde estaban sus tentadores rebaños de vacas blancas. Odiseo ordenó respetarlas. Pero mientras dormía, sus compañeros, hambrientos y desesperados, mataron varios animales. Solo Odiseo se negó a participar en el banquete sacrílego. Helios se quejó a Zeus de la falta de respeto de los hombres. En cuanto se hicieron otra vez a la mar, Zeus, indignado, lanzó un rayo que hundió la nave

Calipso se enamoró de Odiseo y usó todos sus poderes de mujer divina para retenerlo. Durante años, Odiseo vivió junto a Calipso, en esa isla que era para él paraíso y prisión al mismo tiempo. Se pasaba los días sentado en la playa mirando tristemente el mar. Finalmente, el dios Hermes llegó con una orden directa de Zeus. Calipso debía dejar que Odiseo continuara su viaje. Llorando, la ninfa le dio los materiales y las herramientas para construir una pequeña embarcación, que aprovisionó ella misma

Cuando Odiseo despertó, un pastorcillo estaba junto a él. Era la diosa Atenea, su antigua protectora, que había llegado para ayudarlo. La diosa le aconsejó que solo se diera a conocer a su viejo porquerizo, Eumeo, que lo informaría sobre la situación en la isla. Ciento ocho hombres pretenden a tu mujer y tu trono —le dijo Eumeo, después de la emoción del reencuentro—.

Odiseo fue muy bien recibido por los reyes. Como siempre, la princesa se había enamorado de él, y le ofrecieron su mano. Como siempre, la rechazó. —Ya tengo esposa. Se llama Penélope. Y tengo un hijo que era apenas un bebé cuando dejé Ítaca. Telémaco debe tener ya más de veinte años, no conoce a su padre y ni siquiera sabe que está vivo. La tierra de los feacios estaba cerca de Ítaca. El rey ordenó que uno de sus barcos lo llevara hasta su patria

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