En cada encuentro, nuestra arena,
la agresión una excusa pueril.
Tu voz, mi estocada, mi condena,
con un odio que parece senil.
Nos medimos en cada palabra,
la hostilidad, nuestro idioma común.
Cada herida, que el tiempo labra,
es el presagio de un nuevo betún.
Y te desprecio en cada victoria,
en cada pulso de tu vanidad.
Mas guardo el brillo de tu memoria,
como un secreto de mi debilidad.
Tu risa suena como un desafío,
tu silencio, una trampa letal.
Y sin querer, en cada desvío,
te encuentro, un castigo fatal.
Así vivimos, como dos rivales,
que en el fondo se buscan sin cesar.
Enredados en lazos letales,
con el miedo de algún día amar.
Porque lo que odio de ti,
es lo que en mi interior anhelo.
La fuerza oculta que descubrí,
que me eleva a un nuevo cielo.
Y un día, la batalla cesó,
y nuestras miradas se encontraron.
El velo del odio se descorrió,
y nuestros miedos se enfrentaron.
Comprendí que tu luz, mi faro,
había sido siempre mi rival.
Y que este amor tan caro,
nació en un duelo, ahora mortal.
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