La Tradición Apostólica es la transmisión del mensaje de
Cristo llevada a cabo, desde los comienzos del cristianismo, por la
predicación, el testimonio, las instituciones, el culto y los escritos
inspirados. Los Apóstoles transmitieron a sus sucesores, los obispos y, a
través de éstos, a todas las generaciones hasta el fin de los tiempos todo lo
que habían recibido de Cristo y aprendido del Espíritu Santo. (CCIC 12).
La Tradición Apostólica se realiza de dos modos: con la
transmisión viva de la Palabra de Dios (también llamada simplemente Tradición)
y con la Sagrada Escritura, que es el mismo anuncio de la salvación puesto por escrito. (CCIC
13).
Escritura, Tradición y Magisterio están tan estrechamente
unidos entre sí, que ninguno de ellos existe sin los otros. Juntos, bajo la
acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente, cada uno a su modo, a la
salvación de los hombres. (CCIC 17?).
La Iglesia Católica afirma: “la Sagrada Escritura enseña
la verdad porque Dios mismo es su autor: por eso afirmamos que está inspirada y
enseña sin error las verdades necesarias para nuestra salvación. El Espíritu
Santo ha inspirado, en efecto, a los autores humanos de la Sagrada Escritura,
los cuales han escrito lo que el Espíritu ha querido enseñarnos. (CCIC 18).
La Sagrada Escritura debe ser leída e interpretada con la
ayuda del Espíritu Santo y bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, según
tres criterios: 1) atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura; 2)
lectura de la Escritura en la Tradición viva de la Iglesia; 3) respeto de la
analogía de la fe, es decir, de la cohesión entre las verdades de la fe. (CCIC
19?).
La Iglesia
nos enseña por medio del catecismo: “Asimismo, aunque la salvación nos viene
plenamente con la Cruz y la Resurrección, la vida entera de Cristo es misterio
de salvación, porque todo lo que Jesús ha hecho, dicho y sufrido tenía como
fin salvar al hombre caído y restablecerlo en su vocación de hijo de Dios.” (CCIC
101).
Díceles él: «Y vosotros
¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de
Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de
Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que
está en los cielos. (Mt 16, 15-17).