La
Buena Noticia es el anuncio de Jesucristo, «el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,
16), muerto y resucitado. En tiempos del rey Herodes y del emperador César
Augusto, Dios cumplió las promesas hechas a Abraham y a su descendencia,
enviando «a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los
que se hallaban bajo la Ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Ga
4, 4-5). (CCIC 79).
En el
momento del Bautismo y de la Transfiguración, la voz del Padre señala a Jesús
como su «Hijo predilecto». Al presentarse a sí mismo como el Hijo, que «conoce
al Padre» (Mt 11, 27), Jesús afirma su relación única y eterna con Dios
su Padre. Él es «el Hijo unigénito de Dios» (1 Jn 4, 9), la segunda
Persona de la Trinidad. (CCIC 83).
El
Concilio de Calcedonia (año 451) manifiesta: Nuestro Señor Jesucristo: perfecto en la divinidad y perfecto en la
humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, compuesto de alma
racional y de cuerpo; consubstancial con el Padre según la divinidad, y
consubstancial con nosotros según la humanidad; “en todo semejante a nosotros,
menos en el pecado” (Hb 4, 15); nacido en estos últimos tiempos de la
Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad. (CCIC 88).
Él,
Hijo de Dios, «engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre», se ha
hecho verdaderamente hombre, hermano nuestro, sin dejar con ello de ser Dios,
nuestro Señor. (CCIC 87).
En la agonía del
huerto de Getsemaní la voluntad humana del Hijo de Dios se adhiere a la
voluntad del Padre; para salvarnos acepta soportar nuestros pecados en su
cuerpo, «haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8). (CCIC 121).
Al llamar a sus discípulos
a tomar su cruz y seguirle (cf. Mt 16, 24), Jesús quiere asociar a su
sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. (CCIC
123).