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La moralidad de los actos humanos. Las virtudes.

Presentación

Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento. Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud, evitan el pecado y, si lo han cometido recurren como el hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo. Así acceden a la perfección de la caridad. (CIC 1700).

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La moralidad de los actos humanos. Las virtudes.Versión en línea

Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento. Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud, evitan el pecado y, si lo han cometido recurren como el hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo. Así acceden a la perfección de la caridad. (CIC 1700).

por Alejandro Araujo
1

La moralidad de los actos humanos. Las virtudes.


Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos. (CIC 1749).

El acto es moralmente bueno cuando supone, al mismo tiempo, la bondad del objeto y del fin; las circunstancias pueden atenuar o incrementar la responsabilidad de quien actúa. El objeto elegido puede por sí solo viciar una acción, aunque la intención sea buena; asimismo, un fin bueno no hace buena una acción que sea en sí misma mala, porque el fin no justifica los medios. (CCIC 368).

Las pasiones son los afectos, emociones o impulsos de la sensibilidad, componentes naturales de la psicología humana, que inclinan a obrar o a no obrar, en vista de lo que se percibe como bueno o como malo. Las principales son el amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la cólera. (CCIC 370).

Las pasiones, en cuanto impulsos de la sensibilidad, no son en sí mismas ni buenas ni malas; son buenas, cuando contribuyen a una acción buena; son malas, en caso contrario. Pueden ser asumidas en las virtudes o pervertidas en los vicios. (CCIC 371).

Las principales virtudes humanas son las denominadas cardinales, que agrupan a todas las demás y constituyen las bases de la vida virtuosa. Son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

La prudencia dispone la razón a discernir, en cada circunstancia, nuestro verdadero bien y a elegir los medios adecuados para realizarlo; es guía de las demás virtudes, indicándoles su regla y medida. La justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a los demás lo que les es debido. La fortaleza asegura la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien, llegando incluso a aceptar el eventual sacrificio de la propia vida por una causa justa. La templanza modera la atracción de los placeres, asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. (CCIC 379-383).


2

Las virtudes teologales

Las virtudes teologales son la fe, la esperanza y la caridad. La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer, dado que Dios es la Verdad misma. La esperanza es la virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida terrena. La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Jesús hace de ella el mandamiento nuevo, la plenitud de la Ley. Ella es «el vínculo de la perfección» (Col 3, 14) y el  fundamento de las demás virtudes, a las que anima, inspira y ordena: sin ella «no soy nada» y «nada me aprovecha» (1 Co 13, 2-3). (CCIC 385-388).

El pecado es «una palabra, un acto, una negligencia, o un deseo contrarios a la Ley eterna» (San Agustín). Es una ofensa a Dios, a quien desobedecemos en vez de responder a su amor. Hiere al hombre y atenta contra la solidaridad humana. (CCIC 392).

Acoger la misericordia de Dios supone que reconozcamos nuestras culpas, arrepintiéndonos de nuestros pecados. (CCIC 391).

La variedad de los pecados es grande. Pueden distinguirse según su objeto o según las virtudes o los mandamientos a los que se oponen. Se los puede también distinguir en pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión. (CCIC 393). En cuanto a la gravedad, el pecado se distingue en pecado mortal y pecado venial. (CCIC 394).

Se comete un pecado mortal cuando se dan, al mismo tiempo, materia grave, plena advertencia y deliberado consentimiento. Este pecado destruye en nosotros la caridad, nos priva de la gracia santificante y, a menos que nos arrepintamos, nos conduce a la muerte eterna del infierno. (CCIC 395).

El pecado venial, que se diferencia esencialmente del pecado mortal, se comete cuando la materia es leve; o bien cuando, siendo grave la materia, no se da plena advertencia o perfecto consentimiento. Este pecado no rompe la alianza con Dios; sin embargo, debilita la caridad, ... , impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes (CCIC 396).

3

¿Hay actos que son siempre ilícitos?

4

La objeción de conciencia.

5

La moralidad de los actos humanos. Las virtudes.

6

¿Qué normas debe seguir siempre la conciencia?

7

Las virtudes humanas o cardinales.

8

La virtud teologal fundamental.

9

La caridad es el amor al prójimo.

10

¿Qué son las virtudes teologales?

11

¿Que es el pecado?