La conciencia moral, presente en lo íntimo de la persona, es un juicio de la razón, que en el momento oportuno, impulsa al hombre a hacer el bien y a evitar el mal. (CCIC 372).
La dignidad de la
persona humana supone la rectitud de la conciencia moral, es decir que ésta se
halle de acuerdo con lo que es justo y bueno según la razón y la ley de Dios.
(CCIC 373).
El acto es moralmente bueno cuando supone, al mismo
tiempo, la bondad del objeto y del fin; las circunstancias pueden atenuar o
incrementar la responsabilidad de quien actúa. (CCIC 368).
La conciencia recta y veraz
se forma con la educación, con la asimilación de la Palabra de Dios y las
enseñanzas de la Iglesia. Se ve asistida por los dones del Espíritu Santo y
ayudada con los consejos de personas prudentes. (CCIC 374).
Los dones
del Espíritu Santo son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil
para seguir las inspiraciones divinas. Son siete: sabiduría, entendimiento,
consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. (CCIC 389).
Los frutos
del Espíritu Santo son perfecciones plasmadas en nosotros como primicias de
la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: «caridad, gozo, paz,
paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia,
continencia y castidad» (Ga 5, 22-23 [Vulgata]). (CCIC 390).